Cuando se discute el rol del Estado en la construcción de una sociedad moderna, el debate suele desviarse rápidamente hacia modelos ideológicos abstractos o hacia la copia parcial de experiencias extranjeras, muchas veces comprendidas de forma incompleta. Se habla de “más Estado” o “menos Estado” como si el desarrollo dependiera únicamente del tamaño del aparato estatal, cuando la evidencia histórica demuestra que el verdadero problema no es cuánto Estado se tiene, sino qué tan bien funciona.
Debemos basarnos en una idea sencilla: el Estado en una sociedad moderna no puede ser ni extremadamente grande ni reducido. Debe contar con la fuerza, la energía y la eficiencia suficientes para cumplir sus funciones esenciales, sin convertirse en un obstáculo para el desarrollo económico ni en una amenaza para los derechos y libertades individuales. Un Estado moderno no es omnipresente, pero tampoco es ausente; es capaz.
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